Sobre la omnipresencia del más grande

Hace unos días, el 1º de julio, se cumplieron cinco años de la muerte de Marlon Brando, el actor que más admiro, respeto y amo. El 2006 escribí esta nota para la Ramona de Opinión, sin poder olvidar al genio, hoy la vuelvo a publicar. Seguramente, en esta semana escribiré algo sobre Brando pero no quería quedarme en silencio.
Andrés Laguna
UNO En 1972 Jack Nicholson dijo: “Todos somos hijos de Brando. Él nos hizo libres”. Es una afirmación contundente. Es una afirmación, casi, incontestable.
Marlon Brando es, desde cualquier punto de vista, el actor más grande e importante de la historia. Generalmente, se dice que Marlon Brando fue quien popularizó el famosísimo “Método” que inventó Constantin Stanislavsky, el método del célebre Actor’s Studio. Antes de Brando, aunque para nuestra generación pueda parecer imposible, la “naturalidad”, ese elemento tan oscarizable, no era algo propio del cine.
Todos los nuevos actores con talento fueron calificados, al principio de su carrera, como “el nuevo Brando”. Warren Beatty, Paul Newman, Steve McQueen, James Dean, Jack Nicholson, Mikey Rourke, Johnny Depp (según las palabras de Marlon, “el actor más talentoso de su generación”) fueron comparados con Brando.
El gran Jack tiene razón, en dos sentidos casi contradictorios, los actores fueron liberados creativamente, pero al mismo tiempo fueron condenados a imitar a su padre. Fueron condenados a vivir bajo la sombra de su terrible progenitor.
DOS El entrañable Anthony Quinn alguna vez le dijo a la primera esposa de Brando, Anna Kasfi, “admiro el talento de Marlon, pero no envidio el dolor que lo creó”.
Los padres de Brando eran alcohólicos, tuvo una niñez solitaria e infeliz. El escritor James M. Barrie, notable creador de Peter Pan, alguna vez dijo, “Nada importante pasa después de los doce años”, en este caso me parece algo perfecto. Brando fue alguién incapaz de ser feliz, el mundo estuvo a sus pies, pero el mundo no le interesaba, su destino fue trágico, el dolor lo persiguió siempre, incluso hasta su muerte (la industria lo condenó, el público lo olvidó, su amante fue asesinada, su hija se suicido, entre muchas otras cosas).
Marlon Brando pertenecía a la clase de personas que eran incapaces de vivir en este mundo, pero que tenía una potencia que lo dominaba y lo empujaba a hacer algo en lo que era mejor que nadie: actuar.
TRES Cada quien tiene su propio Brando, cada quien lo recuerda como prefiere. Por ejemplo, cada uno de los Ramones tiene su Marlon más amado, el de Santiago es Terry Maloy de Nido de Ratas (On the Waterfront/1954), el de Adriana es, me parece, Paul de El último tango en Paris (Last Tango in Paris/1972) y el de Sergio es, seguramente, Walter Kurtz de Apocalypse Now!(1979). El Brando de esta generación y de los hip hoperos es, sin duda, Don Vito Corleone de El Padrino (The Godfather/1972). Yo no puedo decidirme por un Brando, todos me gustan, todos son diferentes, todos son el mío.
Un breve y desordenado repaso: un ex-boxeador, un semental en camiseta, un viudo seductor, un ex-militar enloquecido, un capo de la mafia, un aviador, el papá de Superman, un mafioso que baila y canta, un científico enfermo y loco, un invalido, un diplomático, un Lord inglés o un psiquiatra. Todos los personajes de Brando siempre terminan siendo Brando. Marlon se inscribe como el actor-auteur más grande de la historia, como el ícono, como el que da forma al cliché, como el que construye clásicos.
CUATRO Dos años sin Marlon Brando son, al mismo tiempo, dos años con Marlon Brando rondando por todas partes, es el actor que definió como se debe actuar. Porque introdujo “el método”, porque destruyó “el método”, porque superó “el método”, porque actuó “sin método” y porque todos los actores respetables en algún momento de sus carreras intentaron ser como él. Brando es el más grande.
Alguna vez Marlon dijo, “la única razón por la que estoy en Hollywood es porque no tengo el valor moral para rechazar el dinero”. Y Hollywood le pagaba ese dinero, a pesar de odiarlo, porque no podía vencerlo, porque fue más poderoso que la industria y redefinió el oficio.
Brando a muerto, pero siempre vuelve, vuelve multiplicado.
Andrés Laguna
UNO En 1972 Jack Nicholson dijo: “Todos somos hijos de Brando. Él nos hizo libres”. Es una afirmación contundente. Es una afirmación, casi, incontestable.
Marlon Brando es, desde cualquier punto de vista, el actor más grande e importante de la historia. Generalmente, se dice que Marlon Brando fue quien popularizó el famosísimo “Método” que inventó Constantin Stanislavsky, el método del célebre Actor’s Studio. Antes de Brando, aunque para nuestra generación pueda parecer imposible, la “naturalidad”, ese elemento tan oscarizable, no era algo propio del cine.
Todos los nuevos actores con talento fueron calificados, al principio de su carrera, como “el nuevo Brando”. Warren Beatty, Paul Newman, Steve McQueen, James Dean, Jack Nicholson, Mikey Rourke, Johnny Depp (según las palabras de Marlon, “el actor más talentoso de su generación”) fueron comparados con Brando.
El gran Jack tiene razón, en dos sentidos casi contradictorios, los actores fueron liberados creativamente, pero al mismo tiempo fueron condenados a imitar a su padre. Fueron condenados a vivir bajo la sombra de su terrible progenitor.
DOS El entrañable Anthony Quinn alguna vez le dijo a la primera esposa de Brando, Anna Kasfi, “admiro el talento de Marlon, pero no envidio el dolor que lo creó”.
Los padres de Brando eran alcohólicos, tuvo una niñez solitaria e infeliz. El escritor James M. Barrie, notable creador de Peter Pan, alguna vez dijo, “Nada importante pasa después de los doce años”, en este caso me parece algo perfecto. Brando fue alguién incapaz de ser feliz, el mundo estuvo a sus pies, pero el mundo no le interesaba, su destino fue trágico, el dolor lo persiguió siempre, incluso hasta su muerte (la industria lo condenó, el público lo olvidó, su amante fue asesinada, su hija se suicido, entre muchas otras cosas).
Marlon Brando pertenecía a la clase de personas que eran incapaces de vivir en este mundo, pero que tenía una potencia que lo dominaba y lo empujaba a hacer algo en lo que era mejor que nadie: actuar.
TRES Cada quien tiene su propio Brando, cada quien lo recuerda como prefiere. Por ejemplo, cada uno de los Ramones tiene su Marlon más amado, el de Santiago es Terry Maloy de Nido de Ratas (On the Waterfront/1954), el de Adriana es, me parece, Paul de El último tango en Paris (Last Tango in Paris/1972) y el de Sergio es, seguramente, Walter Kurtz de Apocalypse Now!(1979). El Brando de esta generación y de los hip hoperos es, sin duda, Don Vito Corleone de El Padrino (The Godfather/1972). Yo no puedo decidirme por un Brando, todos me gustan, todos son diferentes, todos son el mío.
Un breve y desordenado repaso: un ex-boxeador, un semental en camiseta, un viudo seductor, un ex-militar enloquecido, un capo de la mafia, un aviador, el papá de Superman, un mafioso que baila y canta, un científico enfermo y loco, un invalido, un diplomático, un Lord inglés o un psiquiatra. Todos los personajes de Brando siempre terminan siendo Brando. Marlon se inscribe como el actor-auteur más grande de la historia, como el ícono, como el que da forma al cliché, como el que construye clásicos.
CUATRO Dos años sin Marlon Brando son, al mismo tiempo, dos años con Marlon Brando rondando por todas partes, es el actor que definió como se debe actuar. Porque introdujo “el método”, porque destruyó “el método”, porque superó “el método”, porque actuó “sin método” y porque todos los actores respetables en algún momento de sus carreras intentaron ser como él. Brando es el más grande.
Alguna vez Marlon dijo, “la única razón por la que estoy en Hollywood es porque no tengo el valor moral para rechazar el dinero”. Y Hollywood le pagaba ese dinero, a pesar de odiarlo, porque no podía vencerlo, porque fue más poderoso que la industria y redefinió el oficio.
Brando a muerto, pero siempre vuelve, vuelve multiplicado.
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