Las huellas de las ratas, la traición y le redención

Andrés Laguna
Durante los años treinta, los Estados Unidos vivió una de sus épocas más oscuras, aterrorizados por la inminente amenaza soviética, por la amenaza roja, bajo el liderazgo del nefasto senador republicano Joseph McCarthy, el Comité de Actividades Antiamericanas persiguió con furia a todos los miembros del partido comunista, a todos los hombres de ideas liberales, a los progresistas, a los que creían en un mundo más justo, a los que querían combatir las injusticias sociales. “La cacería de brujas” de McCarthy perjudicó a un sin número de personas, dejó sin trabajo a muchos artistas y cineastas, condenó a la pobreza a algunas de las mentes más creativas y lúcidas de su tiempo. Entre las víctimas, entre los perjudicados, estuvieron genios incomparables, gente como Charlie Chaplin, Orson Welles y Dalton Trumbo. El Comité recurrió a las estrategias más bajas, desató una histeria incomparable, generó miedo, obligó a los amigos y a los colegas de las víctimas a que sean los soplones. Fue un tiempo terrible, un tiempo que muchos no podrán olvidar, que avergüenza a la humanidad. Entre los delatores, entre los que dieron listas de nombres e información al Comité, se encuentran Elia Kazan y Budd Schulberg, el director y el guionista, de Nido de ratas (1954). Ambos ex miembros del partido comunista, cuando tuvieron que testificar frente al Comité en el Senado, reconocieron su culpa y denunciaron a sus colegas. Uf, eso es algo que nadie les perdonará. Durante mucho tiempo muchos se resistieron a trabajar con ellos. Cuando se dio el Oscar honorífico a Kazan no fueron pocos los que se opusieron. Serán recordados por ser unos traidores. Pero, para los cinéfilos, también serán recordados por haber sido excelentes en lo que hacían, escribir guiones y dirigir películas. Pocos directores han realizado tantas películas memorables como Kazan (Un tranvía llamado Deseo, Al este del Edén, ¡Viva Zapata!, entre otras), pocos libretistas han escrito algo tan hermoso como el guión de Schulberg para Nido de ratas. Seguramente, con esta maravillosa película intentaron limpiar su imagen, dar explicaciones, reivindicarse. Lo que no deja de ser curioso, es que en la cinta daría la impresión que el acto de heroísmo es ser soplón, ser una rata. Recordemos la trama del filme, Terry Malloy (el extraordinario Marlon Brando), un exboxeador y matoncillo, debe denunciar a la mafia que controla los muelles y que lo emplea, respaldado por el sacerdote de la comunidad (Karl Malden) y por su interés amoroso (Eva Marie Saint). Terry sabe que lo correcto es “cantar”, declarar contra ellos, pero conoce las consecuencias, tiene miedo. Terry debe denunciar a la mafia por el bien común, ¿podría ser esa una cuestión fundamental para entender a Kazan y a Schulberg, a su acto de traición? Tal vez, pero creo que eso sería muy difícil de comprobar. Nido de ratas podría ser su justificación última, Brando así lo creía. De todas formas, creo que lo fundamental de Nido de ratas no está en retratar a la traición como un acto heroico, no es una apología a los soplones. La grandeza de Terry Malloy radica en la posibilidad de enfrentarse al poder establecido, a un sistema corrupto, a un sistema violento en el que unos pocos decidían sobre el destino de los muchos, de los más débiles, de los más excluidos. Terry es el perdedor, el derrotado, el frustrado, que reconoce su condición, pero tiene la fuerza para enfrentarse a los poderoso, es la voz de los que creemos que si el destino nos hubiese sonreído hubiésemos podido ser mejores personas, hubiésemos podido conocer la gloria. En su autobiografía, Brando escribe: “Ésa es la magia del cine; el público se convirtió en Terry Malloy, un hombre que no sólo tuvo las agallas de enfrentarse con una banda de delincuentes, sino también de decir: ‘soy un pobre tipo. Aceptémoslo, eso es lo que soy’”. Todos los que vimos Nido de ratas fuimos por unos minutos Terry Malloy. Pues somos grandiosos y patéticos a la vez. Eso es impagable. Nido de ratas es el homenaje de Kazan y Schulberg a los Terry Malloy del mundo. El homenaje a los anónimos que se enfrentan al poder. El homenaje, inherente y tal vez involuntario, a los amigos que traicionaron.
Cinematográficamente, Nido de ratas es impecable. Brando reconocía que: “De todos los directores de actores que conocí, Kazan era, con mucho, el mejor”, sí, todas las interpretaciones son excelentes. El guión, el argumento, la fotografía, el ritmo, los diálogos, todo es magnífico. Después de la traición, Kazan y Schulberg intentaron redimirse con una de las obras maestras del cine mundial. La historia dirá si lo logran. Personalmente, les guardo un pequeño resentimiento, pero mi admiración por Nido de ratas es enorme. Después de todo, lo que más pesa de un artista es su obra.
Hace poco, gracias al ciclo que TCM dedicó a Brando, volví a ver esta maravillosa película, cada vez me gusta más. A continuación, me gustaría comentar un puñado de secuencias, algunas escenas que se quedaron marcadas en mí y creo que tienen ecos en algunas películas memorables. Estas son algunas de las huellas que me dejaron las ratas.
El arquetipo del mafioso
Johnny Friendly (interpretado por un intensísimo Lee J. Cobb), líder de los delincuentes que controlan los muelles, en el juicio quiere golpear, mejor, matar con sus propias manos, a Terry Malloy (Brando), después de que éste lo delata. Esa escena es asombrosamente parecida a una de Los Intocables de Brian de Palma. Cuando Capone (Robert de Niro) es condenado y Elliot Ness (Kevin Costner) comienza a provocarlo, el mafioso se abalanza hacia el hombre de la ley, quiere romperle cada uno de los huesos de su cuerpo. Los dos mafiosos, Friendly y Capone, parecen poseídos por un toro, por una bestia furiosa. La evidencia de su impotencia, de su incapacidad de salir victoriosos, los derrumba, los saca de sí. Los hombres poderosos, que parecían infalibles e indestructibles, que parecían cubiertos por una especie de escudo, armadura o campo de fuerza, los titanes inmensos, dejaron de ser sostenidos por quienes los levantaban y se derrumban, pierden el control, son vencidos por alguien que aparentemente es más débil. Magnífico.
La lucha y el beso
Una de las escenas más hermosas de la cinta, mil veces replicada pero nunca agotada, es cuando Malloy después de discutir y de forcejear con Edie Doyle (Eva Marie Saint), su interés amoroso y la mujer que lo convence de hacer la denuncia, le roba un beso. Y ella le corresponde. Y todo es perfecto. El macho, bruto y fuerte, luchando con la mujer bella y delicada, luchando porque se desencontraron, pero siempre se impone un camino, siempre se impone un sentimiento supremo, el amor que sienten el uno por el otro. El amor que fortalece, el amor que los convierte en héroes.
En el taxi
James Lipton, el genio de “Desde el Actors Studio”, siempre reconoce que el trabajo actoral más brillante que haya visto es el diálogo entre Malloy y su hermano Charley (el gran Rod Steiger), en un taxi. Concuerdo con Lipton. En esa secuencia Charley, miembro de la organización mafiosa, debe evitar a cualquier costo que Terry los delate. Según Brando, en el guión estaba escrito que Charley debía amenazar con violencia a su hermano menor, sacarle una pistola y gritarle como a un desconocido. Ni Brando, ni Steiger creían que eso sería creíble, así que desobedeciendo a Kazan, decidieron improvisar. Charley increpa a Terry, pero lo hace con nerviosismo, saca su pistola, lo amenaza, pero sin la convicción de un mafioso, de un asesino. Malloy, en lugar de responder con violencia, acaricia la pistola, la empuja con suavidad, con decepción, y en uno de los diálogos más hermosos jamás pronunciados por un actor, le recuerda que es su hermano, que siempre debió apoyarlo, que nunca debió permitir que se derrumbe, que se hunda en las aguas oscuras de la mafia, que debía protegerlo. Sin argumentos, Charley deja libre a Terry. Pura genialidad inigualada.
El hermano muerto
Al no poder callar a su hermano, Charley paga las consecuencias. La escena en la que Terry lo encuentra muerto, parece ser el origen, la fuente de una de las más emotivas escenas de Gangs of New York de Martin Scorsese. Puede ser aventurado sugerirlo, pero la cinefilia de Scorsese podría aguantarlo, cuando Amsterdam (DiCaprio) encuentra a Johnny Sirocco (Henry Thomas) agonizando, parece un remake de la escena de Nido de ratas. El dolor del héroe, la impotencia, que siente al ver a su hermano, a su compañero sometido a la más brutal violencia, lo fortalece, le permite cumplir con su acometido, con su destino final.
Durante los años treinta, los Estados Unidos vivió una de sus épocas más oscuras, aterrorizados por la inminente amenaza soviética, por la amenaza roja, bajo el liderazgo del nefasto senador republicano Joseph McCarthy, el Comité de Actividades Antiamericanas persiguió con furia a todos los miembros del partido comunista, a todos los hombres de ideas liberales, a los progresistas, a los que creían en un mundo más justo, a los que querían combatir las injusticias sociales. “La cacería de brujas” de McCarthy perjudicó a un sin número de personas, dejó sin trabajo a muchos artistas y cineastas, condenó a la pobreza a algunas de las mentes más creativas y lúcidas de su tiempo. Entre las víctimas, entre los perjudicados, estuvieron genios incomparables, gente como Charlie Chaplin, Orson Welles y Dalton Trumbo. El Comité recurrió a las estrategias más bajas, desató una histeria incomparable, generó miedo, obligó a los amigos y a los colegas de las víctimas a que sean los soplones. Fue un tiempo terrible, un tiempo que muchos no podrán olvidar, que avergüenza a la humanidad. Entre los delatores, entre los que dieron listas de nombres e información al Comité, se encuentran Elia Kazan y Budd Schulberg, el director y el guionista, de Nido de ratas (1954). Ambos ex miembros del partido comunista, cuando tuvieron que testificar frente al Comité en el Senado, reconocieron su culpa y denunciaron a sus colegas. Uf, eso es algo que nadie les perdonará. Durante mucho tiempo muchos se resistieron a trabajar con ellos. Cuando se dio el Oscar honorífico a Kazan no fueron pocos los que se opusieron. Serán recordados por ser unos traidores. Pero, para los cinéfilos, también serán recordados por haber sido excelentes en lo que hacían, escribir guiones y dirigir películas. Pocos directores han realizado tantas películas memorables como Kazan (Un tranvía llamado Deseo, Al este del Edén, ¡Viva Zapata!, entre otras), pocos libretistas han escrito algo tan hermoso como el guión de Schulberg para Nido de ratas. Seguramente, con esta maravillosa película intentaron limpiar su imagen, dar explicaciones, reivindicarse. Lo que no deja de ser curioso, es que en la cinta daría la impresión que el acto de heroísmo es ser soplón, ser una rata. Recordemos la trama del filme, Terry Malloy (el extraordinario Marlon Brando), un exboxeador y matoncillo, debe denunciar a la mafia que controla los muelles y que lo emplea, respaldado por el sacerdote de la comunidad (Karl Malden) y por su interés amoroso (Eva Marie Saint). Terry sabe que lo correcto es “cantar”, declarar contra ellos, pero conoce las consecuencias, tiene miedo. Terry debe denunciar a la mafia por el bien común, ¿podría ser esa una cuestión fundamental para entender a Kazan y a Schulberg, a su acto de traición? Tal vez, pero creo que eso sería muy difícil de comprobar. Nido de ratas podría ser su justificación última, Brando así lo creía. De todas formas, creo que lo fundamental de Nido de ratas no está en retratar a la traición como un acto heroico, no es una apología a los soplones. La grandeza de Terry Malloy radica en la posibilidad de enfrentarse al poder establecido, a un sistema corrupto, a un sistema violento en el que unos pocos decidían sobre el destino de los muchos, de los más débiles, de los más excluidos. Terry es el perdedor, el derrotado, el frustrado, que reconoce su condición, pero tiene la fuerza para enfrentarse a los poderoso, es la voz de los que creemos que si el destino nos hubiese sonreído hubiésemos podido ser mejores personas, hubiésemos podido conocer la gloria. En su autobiografía, Brando escribe: “Ésa es la magia del cine; el público se convirtió en Terry Malloy, un hombre que no sólo tuvo las agallas de enfrentarse con una banda de delincuentes, sino también de decir: ‘soy un pobre tipo. Aceptémoslo, eso es lo que soy’”. Todos los que vimos Nido de ratas fuimos por unos minutos Terry Malloy. Pues somos grandiosos y patéticos a la vez. Eso es impagable. Nido de ratas es el homenaje de Kazan y Schulberg a los Terry Malloy del mundo. El homenaje a los anónimos que se enfrentan al poder. El homenaje, inherente y tal vez involuntario, a los amigos que traicionaron.
Cinematográficamente, Nido de ratas es impecable. Brando reconocía que: “De todos los directores de actores que conocí, Kazan era, con mucho, el mejor”, sí, todas las interpretaciones son excelentes. El guión, el argumento, la fotografía, el ritmo, los diálogos, todo es magnífico. Después de la traición, Kazan y Schulberg intentaron redimirse con una de las obras maestras del cine mundial. La historia dirá si lo logran. Personalmente, les guardo un pequeño resentimiento, pero mi admiración por Nido de ratas es enorme. Después de todo, lo que más pesa de un artista es su obra.Hace poco, gracias al ciclo que TCM dedicó a Brando, volví a ver esta maravillosa película, cada vez me gusta más. A continuación, me gustaría comentar un puñado de secuencias, algunas escenas que se quedaron marcadas en mí y creo que tienen ecos en algunas películas memorables. Estas son algunas de las huellas que me dejaron las ratas.
El arquetipo del mafioso
Johnny Friendly (interpretado por un intensísimo Lee J. Cobb), líder de los delincuentes que controlan los muelles, en el juicio quiere golpear, mejor, matar con sus propias manos, a Terry Malloy (Brando), después de que éste lo delata. Esa escena es asombrosamente parecida a una de Los Intocables de Brian de Palma. Cuando Capone (Robert de Niro) es condenado y Elliot Ness (Kevin Costner) comienza a provocarlo, el mafioso se abalanza hacia el hombre de la ley, quiere romperle cada uno de los huesos de su cuerpo. Los dos mafiosos, Friendly y Capone, parecen poseídos por un toro, por una bestia furiosa. La evidencia de su impotencia, de su incapacidad de salir victoriosos, los derrumba, los saca de sí. Los hombres poderosos, que parecían infalibles e indestructibles, que parecían cubiertos por una especie de escudo, armadura o campo de fuerza, los titanes inmensos, dejaron de ser sostenidos por quienes los levantaban y se derrumban, pierden el control, son vencidos por alguien que aparentemente es más débil. Magnífico.
La lucha y el beso
Una de las escenas más hermosas de la cinta, mil veces replicada pero nunca agotada, es cuando Malloy después de discutir y de forcejear con Edie Doyle (Eva Marie Saint), su interés amoroso y la mujer que lo convence de hacer la denuncia, le roba un beso. Y ella le corresponde. Y todo es perfecto. El macho, bruto y fuerte, luchando con la mujer bella y delicada, luchando porque se desencontraron, pero siempre se impone un camino, siempre se impone un sentimiento supremo, el amor que sienten el uno por el otro. El amor que fortalece, el amor que los convierte en héroes.
En el taxi

James Lipton, el genio de “Desde el Actors Studio”, siempre reconoce que el trabajo actoral más brillante que haya visto es el diálogo entre Malloy y su hermano Charley (el gran Rod Steiger), en un taxi. Concuerdo con Lipton. En esa secuencia Charley, miembro de la organización mafiosa, debe evitar a cualquier costo que Terry los delate. Según Brando, en el guión estaba escrito que Charley debía amenazar con violencia a su hermano menor, sacarle una pistola y gritarle como a un desconocido. Ni Brando, ni Steiger creían que eso sería creíble, así que desobedeciendo a Kazan, decidieron improvisar. Charley increpa a Terry, pero lo hace con nerviosismo, saca su pistola, lo amenaza, pero sin la convicción de un mafioso, de un asesino. Malloy, en lugar de responder con violencia, acaricia la pistola, la empuja con suavidad, con decepción, y en uno de los diálogos más hermosos jamás pronunciados por un actor, le recuerda que es su hermano, que siempre debió apoyarlo, que nunca debió permitir que se derrumbe, que se hunda en las aguas oscuras de la mafia, que debía protegerlo. Sin argumentos, Charley deja libre a Terry. Pura genialidad inigualada.
El hermano muerto
Al no poder callar a su hermano, Charley paga las consecuencias. La escena en la que Terry lo encuentra muerto, parece ser el origen, la fuente de una de las más emotivas escenas de Gangs of New York de Martin Scorsese. Puede ser aventurado sugerirlo, pero la cinefilia de Scorsese podría aguantarlo, cuando Amsterdam (DiCaprio) encuentra a Johnny Sirocco (Henry Thomas) agonizando, parece un remake de la escena de Nido de ratas. El dolor del héroe, la impotencia, que siente al ver a su hermano, a su compañero sometido a la más brutal violencia, lo fortalece, le permite cumplir con su acometido, con su destino final.
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