En busca de la madre perdida




Andrés Laguna
Muchas cosas podrían haber salido mal en un proyecto como Rojo, Amarillo, Verde. Generalmente, las películas compuestas por varios fragmentos o cortometrajes, las obras dirigidas por muchos directores, por muy buenos que sean, tienden a ser flojas e inconsistentes. Pienso en New York Stories (1989) o en Paris, je t’aime (2006), cintas que dejan un rancio sabor a poco, sobre todo si uno lee los nombres de los responsables. Aunque siempre es agradable y/o llamativo ver a un conjunto de all stars en un mismo proyecto, los resultados pocas veces son óptimos. Ese era el principal temor que desató Rojo, Amarillo, Verde. Pero, felizmente, por el bien del cine nacional, la cinta de Martín Boulocq, Sergio Bastani y Rodrigo Bellott tiene más luces que sombras, es una buena película.
El filme está dividido en tres fragmentos, cada uno se corresponde con uno de los colores de la bandera nacional y está a cargo de un solo director. Si bien existen muchos puntos en común, Rojo, Amarillo, Verde no es una cinta monográfica. Aunque los tres directores contribuyeron creativamente en la totalidad de la cinta, los fragmentos son independientes y singulares. Tampoco existe un trasfondo teórico elaborado y un discurso rígido intencional, a diferencia de lo que hizo Kieslovski en su célebre Trilogía de los colores. En la obra del maestro polaco, los títulos de las tres cintas se corresponden con un color de la bandera francesa (Azul, Blanco y Rojo), lo que determina el discurso estético. Pero, lo que determina al discurso ético de cada parte es cada uno de los conceptos del lema de la Revolución Francesa, de la República: Libertad, Igualdad y Fraternidad.
Sin perder profundidad, el discurso de cada uno de los fragmentos de Rojo, Amarillo, Verde responde a la singularidad de los realizadores más que a conceptos sociales, políticos o ideológicos. Es una propuesta muy posmoderna en la que se recupera la visión del individuo antes que consignas con pretensiones universales, lo que es la fortaleza de la obra, pero también acarrea ciertas dificultades. En sus momentos más flacos, la propuesta de Rojo, Amarillo, Verde se desarticula interna y externamente. Pero, lo que es más importante, es que en sus momentos más fuertes la cinta dialoga con lo más esencial de lo boliviano y de lo humano, interpela al espectador.
La cinta cuenta tres historias mínimas, con tenores, perspectivas, imaginarios y referentes radicalmente distintos. Lo que las une es su más profunda naturaleza, sus más profundos impulsos, lo que comienza siendo particular desemboca en cuestiones casi universales. El flujo creativo de los tres jóvenes realizadores, aunque con diferentes ritmos, parece hacer el mismo viaje, el viaje hacia sí mismo, el viaje interno.
Rojo y el dolor
La primera parte de la cinta, Rojo, está a cargo de Martín Boulocq, director de la aplaudida por la crítica Lo más bonito y mis mejores años (2005). La historia está basada en un relato inédito de Rodrigo “Tico” Hasbún (el escritor prestó su voz a la narración del fragmento), cuenta la víspera de la internación de Pilar (Patricia García), una mujer con cáncer de mama, que debe enfrentarse al dolor y a la posibilidad real de la finitud humana. El mundo literario de Hasbún está muy presente en Rojo, es protagónico. No sólo porque narra la historia de una mujer, algo recurrente en la obra del autor de El lugar del cuerpo, es un relato que pretende profundizar y entender la psicología femenina, la fragilidad humana y los movimientos internos de los personajes. La narración es angustiosa, parece contener a las emociones, no es manifiesta, elementos que también están muy presentes en la literatura de Hasbún. Es un acierto el tratamiento que se hace de las relaciones que Pilar tiene con su hija, con su marido (Daniel Aguirre) y con la pareja de amigos (Daniela Chávez y Álvaro Mendizábal). Los otros no la liberan, no la reconfortan, es más, la condenan, se imponen a ella. El único sostén, el único espacio salvador es su hija, la voz de su hija, la piel de su niña.
En Rojo se deja ver, de manera expresa o no, la fuerte influencia que algunos de los cineastas mayores tienen en Boulocq. La textura de las imágenes, la paleta de colores, el tratamiento y el manejo del color rojo, le deben mucho a Eyes wide shut (1999) de Stanley Kubrick. Un par de secuencias, en especial una en un taxi, recuerdan con fuerza a In the mood for love (2000) de Wong Kar Wai. Plásticamente, Rojo es muy bella, muy sutil. La dirección actoral cumple con creces y la partitura de Diego Boulocq es uno de los puntos más altos. Con un final muy abierto, sin dejar mucho en claro, Rojo parece llevarnos al mismo lugar al que nos llevaba Lo más bonito, el lugar en el que nos enfrentamos con la inconmensurable nada.
Transitar un desierto Amarillo
El fragmento con mayores pretensiones artísticas y estéticas, con un trabajo mayor en las metáforas y en los símbolos es Amarillo de Sergio Bastani. Lo que el realizador hizo con su parte es notable desde un punto de vista visual, cada plano parece una acuarela. El único problema está en que la cinta parece una video arte, es muy referencial, muy alegórica, cifrada, no tiene el mismo lenguaje narrativo que Rojo y Verde, que son mucho más convencionales.
Amarillo puede recordar a la obra de Abbas Kiarostami, en especial a A través de los olivos (1994), los viajes en auto, los silencios, la forma en la que retrata a los paisajes medio desérticos, la mirada poética. Este fragmento es el único de la película que se basa en un guión original, cuenta la historia de un niño (Santiago Rozo) que por azar y curiosidad se aleja de su casa, de su madre. Casi toda la narración se centra en el viaje de regreso, un viaje que le permitirá al niño descubrir a los otros, al mundo externo, un viaje que le permitirá descubrirse a sí mismo, que le permitirá crecer. La cinta parece un homenaje expreso a Vuelve Sebastiana (1953) de Jorge Ruiz, el viaje de Amarillo, es muy parecido al de la niña chipaya. Pero en ese sentido, ese movimiento, viajar hacia fuera, para volver adentro, para volver a uno mismo, es el mismo viaje de Sebastián Maizman (Reynaldo Yujra) en La Nación Clandestina (1989) de Jorge Sanjinés. Amarillo hace un viaje parecido al que hacen dos personajes definitivos del cine boliviano, se hace parte de una tradición poderosa, de una tradición que llama al boliviano a volver al lugar al que pertenece, a la madre patria.
Algunas otras secuencias hacen eco de Mi socio (1982) y de Cuestión de fe (1995), lo que parece convertir a Amarillo en una especie de homenaje al cine boliviano, un homenaje bizarro, personal y muy arty. Las flaquezas de este fragmento son puramente narrativas. Habrá que ver en las siguientes obras de Bastani si lo que le interesa al joven director es hacer cine narrativo o cine puramente poético y metafórico.
Verde, los ojos de la madre
Por primera vez en su carrera, Rodrigo Bellott no se inclina por lo urbano o por lo plásticamente muy elaborado. Estéticamente, Verde es muchísimo menos sofisticada que las cintas anteriores de Bellott. La austeridad visual de la cinta sostiene y fortalece a una historia muy redonda y notablemente narrada. Basada en un cuento homónimo de la escritora cruceña Claudia Peña, la cinta cuenta la historia de Julico (Ismael Suárez), un chico que no tiene donde caerse muerto, que acaba de perder su trabajo, que ha sufrido una pateadura, que es acogido por su amigo Benigno (Diego Paesano) y por la madre de éste, Felicia (Lorena Sugier). Julico nunca conoció a sus padres y encuentra en Felicia a la figura materna, lo que por diferentes razones terminará generando inconvenientes. En Verde la cuestión radica en la búsqueda del amor materno, lo que está tratado con muchos aciertos, las relaciones por momentos tienen una fuerte carga edípica, lo que le da una profundidad incisiva al relato. La cinta por momentos es autorreferencial, Bellott vuelve a territorios transitados anteriormente, pero siempre lo hace con la capacidad que tiene un buen narrador. Por el tratamiento de los temas, por su aproximación a la coyuntura nacional y por su reflexión moral, Verde podría hacer parte más del Decálogo de Kieslowski que de su Trilogía de los colores. La cinta es una especie de musical criollo y funciona, aunque por momentos cae en lugares comunes.
Banderas personales
Las historias narradas en Rojo, Amarillo, Verde pueden describir a una parte de lo que es Bolivia, pero creo que ese no es su objetivo central. Estas historias podrían haber estado ambientadas en cualquier parte del mundo y la cosa no cambiaría mucho. No existe una reflexión sobre la nación, sobre el país, lo que se podría esperar a partir del título, que remite a un símbolo patrio. Esa creo que es una debilidad. Además de la bella secuencia inicial, en la que unas máquinas hilan, entretejen unas banderitas nacionales, sólo hay una aproximación visual y anecdótica a los colores, a los símbolos. El rojo, el amarillo y el verde, cuando mucho podrían describir la psicología de los personajes protagónicos, pero ahí se acaba la metáfora, no da para más. Ese recurso es válido, pero el problema está en que los tres colores juntos, en el imaginario de los bolivianos, representa algo mucho más pesado, representa a Bolivia, a la Nación, a la Patria, incluso, al Estado.
De todas formas, más allá de cualquier cuestión, Rojo , Amarillo, Verde, se suma a Zona Sur de Juan Carlos Valdivia y a Hospital Obrero de Germán Monje, para contarse entre las mejores películas bolivianas del año.
En la premiere en Cochabamba, el productor Gerardo Guerra decía que Bellott, Boulocq y Bastani son nombres fundamentales para el futuro del cine boliviano. Tal vez, el tiempo le dará la razón. Lo que creo que es indudable es que son tres de los nombres más importantes del presente del cine boliviano.

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