Rojo, Amarillo, Verde: Las madres, el dolor y la patria


Ricardo Bajo

Andrés Laguna

Todo el mundo sabe que Martín Boulocq y Rodrigo Bellott son compinches hace tiempo, su amistad y sus constantes colaboraciones artísticas, han hecho que no sea extraño leer sus nombres juntos. Desde que Bellott decidió colaborar en la ópera prima de Boulocq, Lo más bonito y mis mejores años (2006), han tenido una muy próxima relación artística y personal. Sin lugar a dudas, ambos son dos de las figuras más importantes de la renovación del cine boliviano y sus primeras pelícuas han marcado un hito en el cine nacional. Por tanto, no debe extrañarnos que ambos realizadores desde hace mucho hayan querido hacer una película juntos. Muchas ideas y proyectos rondaron por la cabeza de los dos directores nacionales antes de Rojo, Amarillo, Verde, pero el momento definitivo fue cuando vieron el cortometraje de Sergio Bastani, El jardín de las Rubias (2008). Maravillados por la propuesta artística y estética del joven director, Boulocq y Bellott encontraron al compañero perfecto para realizar un filme en el que tres visiones puedan articularse. El director de Dependencia sexual (2003) confiesa: “Los tres convergemos en un interés profundo en tomar riesgos, en experimentar formal y conceptualmente con nociones de géneros cinematográficos, formas narrativas y formulas tradicionales de hacer cine. Además pertenecemos a una visión –llámese generacional, coyuntural o histórica– que se permite tener distancia crítica al momento de verse a sí misma, llena de influencias externas pero también muy cercana a nuestro país. Convergemos en que nos gusta experimentar y al mismo tiempo tenemos un interés y un estilo muy claros y definidos, que van más allá de la forma. Creo también que nuestro cine es muy personal sin necesidad de ser autobiográfico, no tememos a hablar desde lo más íntimo y privado, desde la metáfora, la alegoría y la analogía”.

Bellott reconoce que: “La idea desde el principio era tener absoluta libertad creativa, temática y estilística. Luego encontraríamos un hilo conductor. Lo único que teníamos eran los colores como metáfora”. Así nace Rojo, Amarillo, Verde, un proyecto conjunto, pero que pretende respetar las singularidades de cada director. Es decir, el film está compuesto por tres fragmentos, cada uno lleva por título uno de los colores de la bandera nacional y está a cargo de cada uno de los directores individualmente. Bellott cuenta que: “Yo quería Verde pues hace años había leído un cuento de Claudia Peña que me encantaba y llevaba tiempo viendo la manera de llevarlo al cine. Ese instante Martín respondió de manera similar, pues él conocía un cuento de Rodrigo Hasbún que quería llevar al cine y que era perfecto para el color Rojo. A Sergio le tocó Amarillo de manera más azarosa, pero aceptó sin inconvenientes y entusiasmado. Él fue el único que escribió algo original para su parte”.

Evidentemente, Rojo, Amarillo, Verde está inspirada en la Trilogía de los colores del maestro Krzysztof Kieslowski (Azul/1993, Blanco/1994, Rojo/1994), además replica a su manera la experiencia de cintas como Paris, je t'aime (2006) y Tokyo (2008). De la obra de Kieslwski, toma la posibilidad de utilizar los colores nacionales de un país como metáfora, para hacer una reflexión ética e introspectiva a partir de historias muy singulares. De Paris, je t'aime (2006) y Tokyo (2008), toma la posibilidad de hacer una cinta “coral”, en la que las voces no se confundan, una cinta que piensa a partir de un espacio geográfico que termina siendo un espacio creativo. Pero ante todo Rojo, Amarillo, Verde es una declaración de principios, no en vano cuando se anunció públicamente su realización, los directores difundieron su “Declaración de las tres B’s”, un documento que según Boulocq es: “un texto que acompaña a la película y subraya nuestra actitud, nuestra posición frente al hacer cine hoy, que puede coincidir o no con la de otros. No es una generalización, ni pretende decir cómo debería ser el cine en bolivia, ni mucho menos”. Rojo, Amarillo, Verde y el texto que la acompaña hacen el intento por contener la visión de tres directores que se imponen como tres de los nombres más relevantes del cine boliviano actual. Coincidentemente, cada parte de Rojo, Amarillo, Verde trata temas relacionados con la identidad, con la figura materna, con la soledad, con el dolor, con los elementos que construyen nuestra patria sigular. Parafraseando a Jaime Sáenz, patria es ese espacio que es el mundo que nos permite vivir en este mundo. Aparentemente de eso se trata Rojo, Amarillo, Verde.

La cinta fue realizada de manera rápida, Bellott comentaba: “Escribimos el guión entre octubre y noviembre, rodamos entre diciembre y enero, estamos estrenando en Octubre. Hemos logrado terminar una película en muy corto tiempo gracias al talento y al esfuerzo de un equipo magnífico de profesionales de toda Bolivia”. Un logro notable comparando los tiempos que suelen tomarse las producciones nacionales.

Algo más que es relevante, que responde a varios de los puntos de la “Declaración de las tres B’s”, es que la cinta hace uso del cine digital como herramienta fundamental para plasmar las tres visiones. El digital, en estas cintas no sólo es un recurso que optimiza los costos de producción, es un recurso artístico en sí. Estos tres directores han demostrado en sus obras anteriores que el digital tiene un lenguaje propio, no es una mala copia del celuloide. Para esta cinta, los directores contaron con la extraordinaria cámara Red, un aparato digital de última generación que tiene todas las ventajas del celuloide.

Rojo, Amarillo, Verde promete ser una de las propuestas cinematográficas más interesantes y renovadoras de los últimos años. Esperemos que las promesas se concreten.

Rojo

Martín Boulocq

Rojo es la adaptación de un cuento inedito de (Rodrigo) Tico Hasbún sobre una madre que tiene cancer. Lo leí hace dos años en un aeropuerto. El avión se había retrasado y me dio la chance de leer algunos textos con los que viajaba, entre esos “la historia de Pilar”. Esa sensación, que siempre experimento cuando tengo que viajar, tener que alejarme de las personas que más quiero, estaba en el cuento. Desde aquella vez quise adaptarlo.

He rodado enteramente en Cochabamba y tuve la oportunidad de trabajar con dos grandes actores como principales (Patricia García y Daniel Aguirre) y como secundarios a dos talentos que no habían actuado antes (Daniela Chavez y Álvaro Mendizabal). Me gusta la idea de mezclar actores con experiencia con gente a la que no necesariamente le interesa la actuación, pero que tiene mucha espontaneidad frente a cámaras. Parte importante del equipo es gente con la que vengo trabajando hace varios años. Gente muy comprometida sin la que me sería imposible realizar este tipo de proyectos: Alba Balderrama, Tico Hasbún, Diego Boulocq, Jonatan Fernandez, Mario Lopez y Richard Chukimia. La fotografía estuvo a cargo de un gran amigo mío, John Fitzgerald. El sonido a cargo de Bernarda Villagomez. La producción de campo la hizo Valeria Ponce, y la dirección de arte estuvo a cargo de Raquel Schwartz, una artista a quién yo admiro mucho.

Amarillo

Sergio Bastani

Desde el principio cada uno tenía un color, pero quedaba claro que teníamos mucha libertad para escribir nuestras historias. Martín trabajó con Rojo ya que tenía una historia más dura y corporal. Rodrigo adaptó un cuento llamado Verde. A mí me tocó Amarillo y tuve que comenzar a escribir. Una vez que intercambiamos los primeros borradores nos sorprendimos porque habían varias similitudes en conceptos e historia, sin haber hablado antes de ellas. Las madres, el abandono, el dolor y la patria se convirtieron en nuestro hilo conductor. Los estilos son muy diferentes, eso se ve claramente, cada uno se acerca a su historia con diferente ritmo y estética. Al mismo tiempo tenemos muchas opiniones y gustos en común sobre el cine. Creo que donde convergemos más es en las ganas de hacer, experimentar y explorar dentro del cine.

Amarillo, como todas las historias que nacen de uno mismo, es personal y surge de recuerdos, de motivaciones, de sueños y de querer jugar con analogías y conceptos. La historia se fue rellenando y aumentando mientras buscábamos locaciones y hablábamos de la historia. Fue rodada en varias locaciones en las afueras de Tarija. Cuando hicimos los viajes buscando las locaciones encontramos a nuestros actores, encontramos a Lucio, un verdadero pastor, uno de los niños de la historia. Lo mismo pasó con el personaje de la madre, personas que no tenían ninguna experiencia en actuación. Santiago Rozo es el único actor profesional, es un niño de doce años muy inteligente y talentoso.

Verde

Rodrigo Bellott

Verde está basado en un cuento breve de Claudia Peña Claros. Hace rato que vengo explorando con formas narrativas diferentes y esta era una oportunidad para hacer un cine que no había hecho antes: de escasos planos y movimientos de cámara, muy formal y tradicional en su forma narrativa, pero al mismo tiempo juguetón con diferentes géneros. Es un raro musical cruceño, con toques de melodrama social, pero situado en un mundo rural. Luego de hacer Perfidia (2009), quería investigar en otros aspectos del cine que no he explorado hasta ahora, el diálogo, el musical, el campo, el sonido fuera de cámara, la luz natural, y el cuadro cinematográfico como límite y reto para contar historias a través de la composición, la sugerencia, lo implícito y lo no dicho. Además, era la oportunidad de tratar temas relativos a la ausencia, la soledad, la orfandad, la no pertenencia, la injusticia, conceptos con los que me identifico de manera personal en este momento, así como con mis ya conocidos intereses por la violencia inherente en el lenguaje y en las formaciones sociales, por la construcción de los mundos masculinos, de la masculinidad, por la construcción de los conceptos de hogar y de identidad en el sentido político, económico y social.

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