Los viejos: Una melancólica historia de amor


Andrés Laguna
Toda mi generación fue tocada por las dictaduras. Directa o indirectamente, todos sufrimos un trauma indeleble, fuimos víctimas, victimarios, cómplices o dolientes. En una entrevista que Martín Boulocq, director de Los viejos, me concedió hace una semana y que fue publicada en la Ramona, afirmaba que por cuestiones de idiosincrasia los bolivianos tenemos grandes dificultades para decir las cosas, nos guardamos lo que sentimos. Optamos por el silencio, por mucho de que nos cueste o nos duela. Sufrimos calladitos. Tal vez sea por eso que existen muy pocas películas bolivianas que se preocupen por las dictaduras o por sus efectos. Sin lugar a dudas, Jorge Sanjinés es el más lúcido crítico de las arbitrariedades cometidas por los gobiernos de facto y por la violencia del estado, pero su obra siempre se preocupó por los mecanismo de resistencia del pueblo como colectivo. Tengo la impresión de que sólo en La nación clandestina se aproxima a los efectos que puede tener un estado violento, excluyente y autoritario, sobre un hombre. Aunque Sebastián Maizman (Reynaldo Yujra) haya sido corrompido y convertido en represor, ese no es más que uno de los múltiples efectos que tienen sobre él la alienación, la enajenación y los complejos sembrados por la sociedad boliviana. Es decir, la obra cumbre de Sanjinés no se interesa por tratar de explicar el fenómeno de las dictaduras, es un elemento determinante para la construcción de la psicología de su personaje y de la narración, pero está lejos de ser su tema central. Algo similar sucede en Los viejos, la dictadura –seguramente la de García Mesa por la correspondencia temporal y por algunas referencias evidentes- es determinante para la suerte, para el destino, de los personajes, pero no es más que una terrible fatalidad a la que deben sobrevivir y con la que tienen que lidiar. Aunque la introducción de la película es brutal y anuncia el tenor de la obra, todo realmente comienza con el viaje de regreso de Toño (Roberto Guilhon) a la casa de sus tíos, unos bellos viñedos tarijeños, el lugar al que fue a parar después de la desaparición de sus padres y del que fue expulsado por mantener una relación amorosa con su prima, Ana (Andrea Camponovo). Su tío Mario (Julio Iglesias), el otrora patriarca todo poderoso, está casi catatónico, a punto de fallecer. Además de la situación sensible, Toño debe enfrentarse a los fantasmas de su pasado, a todo lo que le fue arrebatado. Si bien Los viejos es una historia sobre una generación “tocada” por las dictaduras, sobre todo es una historia de amor. Es una historia en la que el amor debe enfrentarse a un mundo permanentemente violento, que a pesar de los grandes pesares y dolores, permite momentos de absoluta felicidad. Justamente, son esos los que les permiten a los personajes aguantar la vida que les ha tocado vivir. Esta es la historia de una relación prohibida que tiene una segunda oportunidad. Después de la separación forzosa, los amantes se pueden reencontrar. Si es que tienen el valor y la voluntad de trascender las leyes morales, sus cuerpos se podrán volver a fundir en uno.
Más allá del cariño que puedan sentir por tío Mario, más allá de las recriminaciones que le puedan hacer, sólo su muerte, su extinción podrá liberarlos. La desaparición del viejo que forzó el exilió, que les arrebató el amor, que les quitó la posibilidad de amar y de ser amados, podrá redimir a los amantes, podrá dar vía libre a Toño y a Ana. El tío Mario es la fuerza de la ley moral y social, la encarnación de su violencia. No es poco a lo que debe enfrentarse el protagonista. Fue la violencia de una ley impositiva la que le arrebató a sus padres, una fuerza similar le arrebató a su familia adoptiva, a su territorio y a la mujer con la que quería envejecer. La violencia de una ley que está dispuesta a extinguir o exiliar a quien no se inscribe y se somete a su orden, marcó la vida de Toño, de Ana y del resto de la familia. Un estado autoritario que no estaba dispuesto a aceptar disidentes, a revoltosos, a otros que se encuentren fuera de los límites de sus leyes, asesinó a sus padres. Un tío que no estaba dispuesto a revisar sus principios morales y a comprender a sus semejantes, lo expulsó de la casa de acogida. Toño es un excluido, un desposeído, un huérfano, es alguien al que se le ha arrebatado todo lo que tenía. Si bien vuelve para acompañar en el lecho mortal a su victimario, sobre todo lo hace para recuperar lo perdido. Hace unas semanas, en un bello artículo que el gran Juan Villoro escribió para El País de España, apropósito del cumpleaños de Bob Dylan, apuntó: “La Odisea se narra de distintos modos: Ulises vivió para regresar a Ítaca, Dylan para no volver a Duluth”. Supongo que la Odisea que narra Los viejos podría resumirse así: “Toño vivió para volver a sus viñedos”. Si Ítaca tiene verdadero sentido como un anhelado destino final, es por que ahí están Penélope y Telémaco. Los viñedos son un puerto de arribo porque ahí está su Ana, que lo espera con un par de botellas de vino, con la sensación de haber pasado años sin ser completamente feliz y con algo más que también parece pertenecerles.
En la introducción del bello libro de diálogos, El cine según Hitchcock, Truffaut apunta: “(…) ley esencial del cine: todo lo que se dice en lugar de ser mostrado se pierde para el público”. La película tiene poquísimos diálogos, sólo los necesarios. Ahí radica gran parte de su fortaleza y su perdurabilidad. Pues se sabe, en el cine sólo se debe recurrir a los parlamentos cuando no se puede expresar o explicar las cosas de otra forma. Los viejos tiene la apreciable capacidad de retratar el estado de animo de los personajes, sus traumas, sus sentimientos, sus movimientos anímicos, a través de una magnífica banda sonora y de una bella fotografía a cargo de Daniela Cajías (que ya nos deslumbró con su trabajo en Hospital obrero). A diferencia de lo que sucedía en Los más bonito y mis mejores años, en esta cinta ya no se ven tomas imposibles que se justifican sólo por el hecho de ser difíciles o peculiares, cada fotograma tiene una razón de ser, que fortalece al argumento, que le da respiración a la narración, que complejiza el retrato de los personajes.
Si uno pretende hacer comparaciones con las otras películas de Boulocq, uno distingue en Los viejos mucha más pulcritud. La cinta no sólo prefiere exiliar a todo el ruido innecesario, también deshecha a las subtramas, a los personajes secundarios poco necesarios. Esta es una cinta muy consistente, sin dilataciones, sólida, que no pretende más que narrar un drama muy particular, con intensidad, emotividad y profundidad. Durante casi todo el metraje, los personajes parecen estar sumidos en una gran melancolía, en una infinita tristeza, parecen haber sido sumergidos en alguna sustancia que los ha decolorado, que les ha arrebatado el brillo. En ese sentido, ayudan muchísimo las interpretaciones de Guilhon y Camponovo, que alcanzan en esta obra su más amplio rango actoral. Los que recuerden al parlanchín Víctor de Los más bonito, se sorprenderán con Toño, Guilhon demuestra que es un actor tan carismático como versátil, pero lo que es interesante es que logra que los personajes no lo absorban y lo diluyan del todo. El tiempo confirmará si estamos ante una especie de actor/autor. Tal vez el trabajo de Camponovo es el que sorprende más, pues lo que ha hecho en cine hasta ahora, sus campañas publicitarias y los video clips, siempre la han retratado como alguien que irradia alegría y luminosidad, con mucho carisma. En cambio, su Ana es una sombra, da la impresión de que antes de aparecer en cada escena ha estado llorando durante horas.
Pocas historias de amor se han rodado en el cine boliviano. Muchas menos merecen la pena. Los viejos es una triste historia de amor, marcada por el dolor, redimida por el carácter inextinguible del sentimiento, por su naturaleza perdurable.

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