Shhhh... breve elogio al silencio
Andrés Laguna
Como Mark Cousins apunta en
su notable Historia del cine, durante
las cuatro primeras décadas del llamado Séptimo Arte, la mayor parte de las
cintas no tenían banda sonora, aunque la tecnología para grabar sonido y
diálogos ya existía, a nadie se le ocurrió que la maravillosa invención de
registrar imágenes en movimiento estaba incompleta o que le faltaba algo. La
mudez no era una minusvalía. La ausencia de barreras lingüísticas, el hecho de
haber inventado un lenguaje de sombras y luces, le permitió al cine convertirse
en un arte sin fronteras, internacional, cosmopolita, capaz de conectarse con
espectadores de todo el mundo. León Tolstoi lo llamó: “la máquina de los
chasquidos […] igual a un huracán humano”. La forma más pura del arte
cinematográfico está en sus primeros años, cuando las imágenes eran el texto.
En El cine según Hitchcock, entre muchísimas otras cosas, el gran
realizador inglés conversa con François Truffaut sobre sus primeros años en la
industria cinematográfica. Después de haber trabajado como dibujante, ofreció
sus servicios a un estudio y lo contrataron para hacer los intertítulos de las
películas mudas, llegó a convertirse en jefe de la sección de titulaje.
Hitchcock confiesa algo que parece sorprender a su entrevistador francés: “(…)
el montador jefe escribía los títulos o reescribía los del guión original,
porque en aquella época, gracias a la utilización de los títulos narrativos, se
podía cambiar por completo la concepción del guión”. Lo que nos hace entender
que el trabajo definitivo de una película está en la sala de edición. Más
adelante, Hitch hace una confesión que también me parece interesante, en ese
tiempo, una película se consideraba más lograda cuando utilizaba la menor
cantidad de intertítulos posible, se buscaba no interrumpir o cortar a las
imágenes y secuencias. Se pretendía desterrar a las barreras lingüísticas, para
que los hombres podamos disfrutar de esas sombras que se proyectaban en el muro
de nuestra caverna.
La llegada del sonoro mató
al cine en su forma original. Aunque, posiblemente, fue recién con Un condamné à mort s'est échappé ou Le vent
souffle où il veut de Robert Bresson (1956, Un condenado ha muerte se ha escapado) que el sonido dejó de ser un
artificio que estorbaba, un juguete molestoso. Y recién se convirtió en un
elemento importante para la narrativa cinematográfica, se incorporó como una
herramienta técnica de un arte preponderantemente técnico. Algo muy parecido
pasa con el 3-D, por el momento no es más que un mero artificio, suele
distraernos de lo que la película nos quiere decir, es una herramienta más útil
para la industria que para los artistas, pues encarece las entradas y tiene
gancho comercial, pero poca contribución estética. Lo que solemos olvidar es
que tanto el sonido, como el 3-D, como cualquier tipo de tecnología, sólo
tienen sentido cuando contribuyen a un discurso creativo, a una propuesta
artística.
Así como un pintor de
vanguardia puede tener la necesidad de dibujar con una pieza de carbón sobre
una piedra, muchas veces los directores de cine han querido rodar una película
muda, han querido hacer que su arte emprenda un viaje de retorno a sus
orígenes. Pero estos son tiempos en los que la industria y el mercado no
aguantan bien ejercicios de nostalgia por un pasado mítico. La última película
silente, hasta la realización de The
Artist, fue Juha de Aki
Kaurismaki, estrenada en 1999, un regalo para la crítica y los cinéfilos, que
sólo fue bien recibida en círculos más o menos especializados. Nos quieren
hacer creer, de manera pragmática y superficial, que el cine mudo ya no es una
forma de cine contemporáneo.
Constantemente, el cine le
ha rendido homenaje a ese su tiempo perdido, ya sea a través de secuencias, de
personajes o de simples guiños. Por ejemplo, en The Dreamers (2003) de Bernardo Bertolucci, a través de los juegos
sexuales de tres bellos y cinéfilos jóvenes que, encerrados en un apartamento
parisino en vísperas de mayo del ’68, se revisita a algunos de los momentos más
perdurables de la historia del Séptimo Arte. Con sensibilidad, genialidad y
perversión, Bertolucci termina equiparando el placer espectatorial con el
erótico.
A pesar de que la escena más
extraordinaria de The Dreamers es un
homenaje a Bande à part (1964) de
Godard, las discusiones sobre si Buster Keaton fue mejor que Charlie Chaplin,
son impagables (que no quepa duda, como maestro de la pantomima, Keaton era el
amo indiscutido) y las constantes referencias el cine mudo nos sumergen en una
dulce melancolía.
También se me viene a la
cabeza la infravalorada cinta de Jeremiah S. Chechik, Benny & Joon (1993), en la que se le hace un gran homenaje al
periodo silente. Toda la película está armada siguiendo la estructura de los
filmes de la última década muda. Es decir, todo el tiempo pasa de la comedia al
melodrama, sin hacer el esfuerzo por plantear personajes y situaciones
verosímiles. Chechik no tiene la pericia de Michel Hazanavicius, el realizador
de The Artist, pues muchas veces la Benny & Joon resulta paródica y/o
mal lograda. Lo que no quiere decir que no consiga momentos de gran emotividad.
Lo extraordinario de la cinta es Sam, el personaje de Johnny Depp, una suerte
de descendiente grunge de Buster Keaton, un personaje más propio de una
película de principios de los años ’20, que se comunica a través del lenguaje
corporal, que es incapaz de levantar su sobrero rápidamente y, lo que es más
importante, que tiene una visión romántica de la vida. El problema está en que
Sam habla. Poco, pero lo hace. Y la magia mengua.
Podríamos rastrear
incontables homenajes y referencias al cine mudo a lo largo de la historia,
pero ese no es el objetivo del presente texto. Lo que ha llamado mi atención es
que este año tres de las nominadas a Mejor Película en los Oscar tienen algo
que ver con el arte silente.
El
interprete
La cinta por la que nadie
apuesta y que se coló en la poco cabalística lista de candidatas de este año es
Extremely Loud & Incredibly Close.
De lejos, la obra menos lograda de Stephen Daldry, deja sentimientos
encontrados, si bien tiene momentos lindos y un tratamiento del color
extraordinario (constante en su filmografía), también tiene un chauvinismo que
raya lo desagradable, interpretaciones mediocres (que recaen en esos dos bodoques
sobrevalorados llamados Sandra Bullock y Tom Hanks), además, de situaciones
francamente exasperantes. Lo maravilloso, lo que salva a Extremely Loud & Incredibly Close del olvido es la
interpretación de ese auténtico maestro llamado Max von Sydow. El veterano
actor sueco, es candidato a la estatuilla a Mejor Actor de Reparto, y aunque no
sea el favorito, merece todos los reconocimientos por su trabajo en la cinta de
Daldry. Ahora que me pongo a pensar, muchos lo recordemos por sus
colaboraciones con Ingmar Bergman o por su papel en El exorcista (1973), pero von Sydow ha actuado en verdaderos
bodrios. ¿Cómo un actor de su talento y prestigio escoge guiones como los de Juez Dredd (1995) o Solomon Kane (2009)? ¿Dinero? Quiero
suponer que es un tipo piadoso, que intenta ennoblecer lo que sin su presencia
sería una canallada. Más o menos, eso hace en Extremely Loud & Incredibly Close, interpretando a un personaje
que jamás pronuncia una sola palabra, que se expresa mediante gestos y, cuando
es imprescindible, a través de notitas que escribe en una pequeña agenda, a
manera de intertítulos. Aunque, probablemente, la intensión del papel no sea
hacer un homenaje del cine al cine, von Sydow carga en sus espaldas buena parte
de su historia y al mandarse un papel de esas proporciones, logra invocar a
todos los espíritus tutelares de la actuación primigenia. Hace que se levanten
de sus tumbas todos esos maestros de la interpretación que jamás necesitaron de
un parlamento para expresar los movimientos internos de sus personajes. Lo que
es todavía más notable es que el histrión sueco jamás recurre a la
sobreactuación, al exceso, al derroche de lo físico. Contrayendo mínimamente
los músculos de la cara puede expresar lo descrito en una decena de páginas de,
por decir algo, Gogol. Recupera el gesto actoral, el gesto interpretativo,
original.
El
ilusionista
Además de ser uno de los
mejores directores de cine de la historia, Martin Scorsese siempre se ha
dedicado a la arqueología del cine. Además de trabajar militantemente en la
restauración de cintas, a través de documentales como Il mio viaggio in Italia (1999) o A Letter to Elia (2010), el realizador neoyorkino nos ha dado
clases extraordinarias sobre el arte que ama y practica. Y hay que
agradecérselo. Pero como si eso fuera poco, toda su filmografía está repleta de
homenajes y guiños al cine clásico, realiza películas que disfrutamos
doblemente los cinéfilos. Eso se deja claro en su última cinta, la primera
dedicada a un mercado infantil y realizada en 3-D. En Hugo, Scorsese le hace múltiples tributos al periodo silente, pero
el mayor, el más evidente, es la gran reverencia que le hace a George Méliès.
Casi todo el mundo lo sabe, el realizador francés es el responsable de la
primera gran fantasía de la historia del cine, Le Voyage dans la Lune (1902, El
viaje a la Luna). En la película de Scorsese, nada es gratuito, pues en
palabras de Guillermo Cabrera Infante: “George Méliès fue el primer mago, el
primer cineasta, el primero que convocó la fantasía (…). Para Méliès sólo había
la posibilidad del viaje: los primeros hombres en el espacio exterior y el
cohete disparado que iría a herir el ojo de la luna mirando la noche,
invenciones que hacían posible no sólo el cine sino el tránsito maravilloso”.
Scorsese, generoso, recupera y nos ofrece a Méliès, al cine mudo y con él, a la
expedición en busca de nuestra inocencia perdida, de esa fe en las ilusiones,
en la superación de la realidad que debe ser el cine.
El
arte
Como el mismo Marty señala
en su documental A Personal Journey with
Martin Scorsese Through American Movies, cuando la pantomima llegó a su
zenit y el cine sonoro se impuso, la transición fue dolorosa para los
directores, para los actores, para los artistas. Ese es el contexto en el que
se desarrolla The Artist, la favorita
indiscutida a llevarse el Oscar a Mejor Película. La cinta de Michel
Hazanavicius, es una carta de amor al cine silente, es un acto de valentía y de
coraje. A nivel argumental, The Artist
se inspira en la relación que tuvieron Greta Garbo y John Gilbert, dos actores
que eran amantes y que vivieron la transición al cine sonoro de manera
diametralmente opuesta. Ella se convirtió en la estrella que todos recordamos,
él es un nombre atesorado por los especialistas. Pero como el mismo
Hazanavicius lo reconoce, su galán, su protagonista de sonrisa encantadora y
que baila como Gene Kelly, George Valentin, tiene mucho de Douglas Fairbanks, de
Max Linder y, claro, de Buster Keaton. The
Artist haciendo un ejercicio digno de un espiritista, invoca a las obras del
F. W. Murnau de los últimos años, a las de Von Sternberg, a las de W.S. Van
Dyke o a las primeras de King Vidor y de John Ford. Le vuelve a dar vida a los
últimos años de un periodo glorioso, en el que las historias de amor eran
desmedidas, en el que el humor fácilmente se transformaba en drama –y
viceversa-, en el que una loca aventura simplemente podía ser sobrevivir en la
metrópoli (tema de The Crowd, 1928,
de Vidor o de City girl, 1930, de
Murnau). The Artist no sólo es muda
en forma, ante todo, es muda en fondo.
Supongo que hacer presente
el pasado mítico tiene mucho que ver con tratar de recuperar lo mejor de
nosotros. Y el cine mudo es lo mejor del cine: una máquina romántica de sueños
e ilusiones, de vidas alternativas y fantásticas. Sigue siendo tan
contemporáneo como a principios del siglo XX.
Y todos. Sin palabras…

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