Treme: La dicha de vivir
Andrés Laguna
En Latinoamérica y Europa
solemos creer que en los Estados Unidos no tienen expresiones culturales
propias, que no tienen una gastronomía digna, que su famoso melting pot es bastante desabrido.
Supongo que lo hacemos por ignorancia, solemos olvidar que la migración y su
turbulenta historia han construido un país múltiple y rico, que aunque se
empeñe en venderse como un estado moderno y homogéneo culturalmente, se nutre
de diversas tradiciones e imaginarios. Si Nueva York es algo así como la
capital del mundo, lo es justamente porque ahí conviven un sinnúmero de
identidades. Pero si hay un lugar en los Estados Unidos que encuentra su razón
de ser en las tradiciones y en la pervivencia de las manifestaciones culturales
ese es Nueva Orleans. Esa ciudad costera es la cuna, junto con parte del Sur
profundo, de las expresiones musicales más típicamente estadounidenses: el
blues y el jazz. La vida cotidiana en la ciudad está contaminada por fuertes
influencias francesas, españolas y, por supuesto, africanas. Lo creole, lo
cajun, el vudú, su célebre Mardi Grass (el martes de Carnaval), su contundente
gastronomía y su colección de prodigios musicales, la han convertido en uno de
los rincones más privilegiados desde un punto de vista creativo, visitada por
fans del sonido del jazz de la región y/o por turistas con hambre de fiesta.
Supongo que mi primer
contacto serio con Nueva Orleans fue a través de la novela de John Kennedy
Toole, La conjura de los necios,
libro iniciático, que entre sus muchas bondades, logra ser uno de los mejores y
más sinceros retratos de la ciudad. Además, reproduce muchos de los dialectos
que se hablan en ella. Su personaje principal, el imposible Ignatius J. Reilly
se pasea por el Barrio Francés y se cruza con personajes tan cautivantes como
excéntricos. La ciudad en la que nació el maestro Louis Armstrong, se dibujaba
en mi imaginario como uno de los lugares más excitantes, seductores y extraños.
Fue escondite de piratas, de sacerdotisas vudú y de músicos de leyenda.
Salvo para los devotos del
jazz, Nueva Orleans dejó de ser foco de atención, hasta que en 2005 el huracán
Katrina la arrasó. Sus diques reventaron y la administración de George W. Bush
hacía gala de una insultante ineficacia y de una sorprendente indiferencia ante
la tragedia. Indignante e incomprensible, más si se considera todo lo que la
ciudad le dio a su país: verdaderos rasgos de identidad.
A principios de 2011, HBO
comenzó a transmitir una serie llamada Treme,
que no podía dejar indiferentes a los amantes de la ficción televisiva. Además
de que casi todos los productos de la cadena se han convertido en sinónimos de
calidad, llamaba especialmente la atención porque fue creada por David Simon
(junto a Eric Overmyer, uno de sus colaboradores regulares), responsable de The Wire, la serie más grande de la
historia. Aunque en Bolivia no ha tenido la repercusión que merece, ninguna
cadena local la ha transmitido y ningún medio nacional ha publicado algo sobre ella,
The Wire tiene una profundidad, una
inteligencia, una complejidad, que la equiparan con cualquier obra maestra de
ficción. David Simon es el cerebro creativo detrás de la obra televisiva total,
se esperaba que su nueva serie tenga la mismas proporciones. Pero, a diferencie
a de The Wire, Treme no tiene un argumento policial. A diferencia de otros
programas de éxito, no es un thriller,
ni una comedia, no se enmarca en géneros puros, ni está protagonizada por
mafiosos, ni tiene monstruos de humo, ni glamour retro idealizado, ni asesinos
en serie, ni personajes que parecen salidos de revistas de moda. Treme está protagonizada por una ciudad
mágica llamada Nueva Orleans y por sus jamás pedestres habitantes.
La primera temporada está
ambientada seis años antes de su estreno, en 2005, meses después de las
inundaciones causadas por la rotura de los diques durante el huracán Katrina.
Como The Wire, la serie es coral, hay
muchos, muchísimos personajes importantes, músicos, cocineros, profesores,
abogados, policías, líderes de grupos folclóricos, entre otros. Como The Wire, buena parte de la gente que
aparece en la pantalla son actores naturales, en este caso, gente de Nueva
Orleans que está recreando de manera creativa sus propias vivencias y
experiencias. Pero los “protagónicos” recaen en actores más experimentados,
como John Goodman, David Morse, Steve Zahn o la reciente ganadora de un Oscar, Melissa
Leo, además de algunos inolvidables actores de The Wire, como Wendell Pierce (que encarna al trombonista en perpetua
desgracia, Antoine Batiste) y Clarke Peters (que hace del jefe indio Albert
Lambreaux). Básicamente, la serie narra como este gran abanico de personajes se
enfrenta a la tragedia, muchos han perdido todo lo que tenían. Lo deslumbrante
es que Treme (nombre de uno de los
barrios más típicos y bohemios de Nueva Orleans) se centra en la capacidad de
supervivencia de una ciudad y de sus habitantes, que encuentran la dicha de
vivir en sus tradiciones, en su comida, en su música, en sus bailes, en sus
desfiles, en su carnaval. Esta es la primera ficción televisiva que se centra
en el poder del patrimonio cultural intangible. Como The Wire, ha recibido elogiosas críticas, pero no ha sido un
tremendo éxito de público, supongo que porque no es maniquea, porque no muestra
a vencedores y vencidos, sino a gente que sabe sobreponerse a los problemas y
que en medio de la tragedia encuentra motivos para festejar. En esa Nueva
Orleans, en ese espíritu que se nutre de la tradición, encontré mucho de la
esencia de lo boliviano. Pensé que si se hubiese hecho una serie sobre los días
posteriores al terremoto de Aiquile y Totora, se parecería mucho a Treme. Pensé que si la película nacional
Esito sería hubiese estado a la
altura de lo que pretendía retratar, podría haber sido nuestra Treme criolla. Esta serie nos muestra a
una ciudad y a un grupo de habitantes que se resisten a entrar en el ritmo de
la modernidad. Pues cimientan su dicha en lo construido durante cientos de
años, en eso que perdura, en eso que resiste cualquier huracán, cualquier
terremoto.
Como lo reconoce David
Simon, la primera temporada fue el retorno a la ciudad después del huracán. La
segunda, ambientada catorce meses después del Katrina, fue el retorno de los
problemas fundamentales, la corrupción, la delincuencia, la inestabilidad, la
burocracia. Aunque algunos de los personajes más queridos mueren o sufren
golpes demasiado duros, la ciudad logra levantarse, seguir. Y vuelve a moverse
al ritmo de esa música que jamás se detiene, al ritmo de esos bronces que
insuflan vitalidad.
Esta es la primera serie en
la que se ven largas sesiones de música en vivo, en el que se hace culto a la
comida tradicional, al beber junto a los amigos, al compartir en comunidad. Treme registra lo que significa la
celebración para los pueblos que vivimos para celebrar. Los personajes
individuales son parte de un gran personaje colectivo que nos muestra que la
salvación, que la razón de ser, está en preservar las tradiciones.
Además, los melómanos, los
amantes del jazz, estarán más que satisfechos con las constantes apariciones de
leyendas musicales como Elvis Costello, Dr. John, Allen Toussaint, Steve Earle
y Kermit Ruffins, entre muchos otros. Lo mismo va para los aficionados a la
gastronomía pues muchos chefs célebres han tenido cameos en la serie. Por ejemplo,
además de actuar en ella, Anthony Bourdain ha coescrito algunos capítulos y el
crítico Alan Richman protagoniza uno de los momentos más graciosos de la serie.
En una semana se estrena la
tercera temporada en Estados Unidos y a principios de octubre HBO la emitirá
para Latinoamérica, se supone que ella se centrará en el retorno de las
oportunidades, en la mejora económica de la región. Si no la han visto hasta
ahora, hay tiempo para ponerse al día. Treme
es una de esas experiencias que nos ayudan a darle sentido a la vida, a
reencontrarnos con la dicha.

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