Voz de satín, voz que se quiebra

Andrés Laguna
El 17 de julio de 1959, en Nueva York, murió Billie Holiday, una de las cantantes más talentosas y sensibles de la historia de la música popular, una leyenda del jazz, una mujer que le ofreció su voz a una humanidad que, cada día se empeña más en confirmarlo, no la merecía. El 17 de julio de 1959 se quebró por completo una voz frágil, tan hermosa que no aguantó los horrores de la vida. La historia de Billie Holiday fue una de las más trágicas de la historia de la música popular, su genialidad como es insuperable.
Sus interpretaciones de piezas como “Lover Man”, “Don't Explain”, “Strange Fruit”, y “God Bless the Child” (una de sus más logradas composiciones originales), son inigualables y eternas, lo que Billie cantaba no se convertía en oro, se hacia parte de la materia sustancial de la que está hecha la perfección, la belleza, la inmortalidad. De la materia de la que está hecho el mejor jazz del mundo.
Holiday tuvo una infancia horrorosa (se mantenía fregando pisos de burdeles y fue violada a los diez años), una juventud muy complicada (a causa de la pobreza, se dice que tuvo fuertes coqueteos con la prostitución) y sufrió una adicción a la drogas insuperable.
Nació en un gueto negro de Baltimore, el 7 de abril de 1915, por esos días se llamaba Eleonora Fagan Gough. Cuando llegó al mundo, su padre tenía 15 años, su madre 13, esa es una confesión que hace en “Lady sings the blues” (que le dio título a la biopic de 1972, dirigida por Sidney J. Furie, en la que Diana Ross encarna a Billie de manera sorprendente). Su madre era ama de casa. Su padre era trompetista, aunque después de ser herido en la Primera Guerra Mundial, después de que sus pulmones quedaran dañados, se hizo guitarrista. Abandonó a su familia, cuando Billie todavía era una bebé, para tocar con la célebre orquesta de Fletcher Henderson, Roseland Ballroom. Nunca se caso con la madre de Holiday. Se cuenta que, después de hacerse relativamente famosa, Billie se encontró con su padre en Nueva York, nunca aceptó contratarlo como guitarrista, nunca aceptó subirse a un escenario con el hombre que la abandonó cuando era más frágil.
Inspirada por las voces y los estilos del gran Louis Armstrong y de la extraordinaria matriarca del blues, Bessie Smith, Billie comenzó a cantar como nadie lo había hecho antes, se convirtió en la primera gran vocalista de jazz, su imagen sólo es comparable con la íconos de la talla de Ella Fitzgerald y de Frank Sinatra. De Armstrong tomó la envolvente pastosidad de la voz, de Bessie el poder y la versatilidad, en su autobiografía reconoció: “Siempre quise tener el gran sonido de Bessie y el feeling de Pops (Armstrong)”
De muy joven, junto a su madre, se trasladó a Harlem donde pudo escuchar tocar a las leyendas del jazz en vivo, para poco después, más o menos a sus 15 años, compartir escenario con tipos de la dimensión de Benny Carter, Roy Eldridge, Charlie Shavers, Buck Clayton y del enorme Lester Young. Este último fue una figura determinante para su carrera.
“Descubierta” a comienzos de los años ’30, por el scout John Hammond que le consiguió un contrato, conoció al genial Benny Goodman, que la acompañó en su debut discográfico, Your Mother’s Son-In-Law, y que influyó toda su trayectoria musical.
Billie tocó con músicos, con genios, importantísimos para la historia de la música, entre ellos se pueden contar a Duke Ellington, Teddy Wilson, Ben Webster, Chu Berry, Oscar Peterson, Harry "Sweets" Edison y Charlie Shavers. Siempre estuvo a la altura, hizo que la voz de la mujer negra se convierte en un elemento fundamental del jazz, hasta entonces sólo el blues tenía grandes intérpretes femeninas.
Su gran éxito, el que la llevó a realizar conciertos en varias ciudades de los Estados Unidos y le consiguió una súper exitosa gira europea, sin duda fue “Strange Fruit”. A esa altura, con esa brillante carrera musical, sólo se le podían augurar grandes cosas a la magnífica dama del jazz. Pero, un puñado de amores fallidos y dolorosos, incontables recuerdos insoportables, la rompieron, la dañaron, la empujaron a un abismo del que no pudo salir. La caída libre comenzó con su adicción al Alcohol y la marihuana, poco después la atrapó el opio. Finalmente, llegó lo peor, lo que terminó sepultándola, la heroína. A pesar de haber podido interpretar los clásicos de Bessie Smith, de haber llegado a cantar junto a Armstrong, de haber cumplido con algunos de sus sueños, el corazón de Billie no aguantó más el peso del vivir, el dolor que implica sobrevivir.
Dicen que la muerte de su madre la hundió por completo, ahí se selló el camino sin regreso, en 1947 fue arrestada por posesión de drogas, también se cuenta que cuando estaba convaleciente, tuvo que convalecer ante la ley. Fue arrestada por los hombres cuando la muerte ya la había sentenciado.
Billie Holiday tenía una voz que nacía del mismo lugar del que nacen las epifanías, su sensibilidad acaricia a los que la escuchamos, nos reduce, nos debilita, nos rompe con gentileza, con suavidad, con generosidad. La vida no fue amable con Billie, pero los dioses de la música la tuvieron, seguramente todavía la tienen, entre sus grandes y pocas privilegiadas. Billie Holiday, como tantos gigantes de la música y el arte, fue expulsada de este mundo con la violencia más grotesca. Su voz, mientras que vibra, mientras que suena, mientras que flota en el aire, embellece todo lo que toca. Para después quebrarse. Para hacerse pedazos. Y volver a sonar.
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