Piano Blues de Clint Eastwood: No hay lugar como el hogar

Andrés Laguna
El último documental de la serie The Blues producida por Martin Scorsese, sin lugar a dudas es uno de sus momentos más altos y emotivos. Si el blues es la forma de arte estadounidense por excelencia, no se podía pensar en nadie mejor que Clint Eastwood para cerrar este magnífico recorrido, pues como todos los saben o lo intuyen, no hay nadie más estadounidense que él.
Piano Blues es una película que, de manera más o menos didáctica, se aproxima a la historia y a la tradición de uno de los instrumentos más emblemáticos del género. Eastwood personalmente entrevista a varias leyendas del blues, les arrancas unos acordes y se convierte en una especie de Virgilio que los guía en una viaje hacia la memoria. Eastwood conduce a sus entrevistados a recordar a sus primeras influencias, a sus primeros maestros, a sus primeros momentos de iluminación musical. A través de una charla pacífica y cariñosa, siempre frente a un piano, reconstruyen la historia del blues y, en especial, del piano en el blues. Lo conmovedor es que el relato no es puramente oral, también se entreteje con la interpretación de la música misma. Lo que hace fundamental y tremendamente conmovedora a la cinta es la impresionante lista de interlocutores: Ray Charles, Dave Brubeck, Dr. John, Marcia Ball, Pinetop Perkins, Henry Grey, Jay McShann y Pete Jolly. La presencia de sólo uno de ellos justificaría de sobra el documental, por tanto si Piano Blues peca de algo es de un exceso de genialidad y sensibilidad.
Pero, como si eso fuese poco, la cinta no se limita a las entrevistas, ellas están intercaladas por imágenes de archivo inolvidables y poco conocidas de las grandes leyendas del piano blues, interpretando o hablando. Son imágenes de los músicos a los que Eastwood no pudo entrevistar para el documental, porque están muertos, pero gracias a las imágenes en movimiento, gracias a las imágenes con sonido, nos recuerdan que están más vivos que nunca. Casi todos los rostros que tenían que estar están, desfilan por la pantalla músicos de proporciones olímpicas, entre ellos, Meade Lux Lewis, Fats Domino, Art Tatum, Professor Longhair, Pete Johnson & Albert Ammons, Martha Davis, Oscar Peterson, Eugene Rogers & Dorothy Donegan, Duke Ellington, Big Joe Turner, Joe Adams, Nat King Cole, Muddy Waters, Otis Spann, Jesse Price, Phineas Newborn Jr., Count Basie, Thelonious Monk, Charles Brown, André Prévin, entre algunos otros que no pude reconocer. Lo que me extrañó y me parece que es el gran error de la cinta es la terrible omisión de Allen Toussaint, tal vez el pianista más maravilloso del R&B de Nueva Orleans.
Piano Blues es una cinta algo larga y por breves momentos puede ser un poco difícil de seguir para los que no son aficionados al género, pero hace un rastreo magnífico, erudito e inteligente, de su historia en Estados Unidos, lo que puede ser de mucho provecho para los interesados. Eastwood claramente nos dice con esta cinta que el gran aporte creativo de su país a la cultura universal es el blues y tiene la gran intuición de no cerrar las fronteras genéricas, no hace rupturas identificables con el jazz, el gospel, el boogie woogie, el folk, el ragtime y el honky tonk, entre otros. La gran y genuina tradición musical estadounidense puede ser acogida por el incontrolable universo que es el blues.
Lo que me pareció especialmente interesante es que, como en todas sus películas, Clint Eastwood deja su firma muy visible. Lo que es entrañable e íntimo. Escoge olvidar que el rock es un hijo directo y querido del blues, prefiere no hacer ninguna alusión al parentesco. Lo que tal vez puede ser arbitrario, pero se sabe que Eastwood no es Scorsese, no es un sofisticado cineasta newyorkino, es un hombre de costumbres simples, visceral y de buenas maneras, correcto e intuitivo, curioso pero respetuoso de las tradiciones. Eastwood recupera la música que oía cuando era un chico, la música que está totalmente alejada de estos feroces tiempos contemporáneos. Esa relación auténtica, sincera y comprometida con su obra, con lo que ama, es lo que lo hace un cineasta de enormes proporciones. Su relación con el blues no sólo es proustiana, no sólo es un camino de recuperación del tiempo perdido, de recuperación de lo más esencial. Eastwood es un gran músico, lo atestiguan buena parte de las partituras de sus cintas y en este documental, acompañando, dialogando con los músicos que tanto admira, reconstruye su historia personal del blues, del piano blues. Algo extraordinario, a pesar de algunos derrapes patrioteros, en especial al final.
Esta es una cinta para fanáticos del género, sin lugar a dudas. Lo que puede servir de estímulo a los que no lo son es que Piano Blues puede llegar a convertirlos en devotos incurables de blues, en residentes de un espacio musical que jamás abandona, en el que siempre nos sentimos en nuestra casa. 

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